Duncan Mackay - Chimera (1974)

Mackay es un tecladista británico, un partícipe superviviente de la era contracultural con bandas como Steve Harley & Cockney Rebel, Alan Parson, Coloseum, 10cc, Kate Bush, entre otras. Nació en Leeds, una mediana ciudad de Yorkshire en un conciso inicio de la década 50.


Hasta el entonces era totalmente desconocido, a excepción de vanas colaboraciones con artistas anclados en el olvido. En 1973 decidió contactar con múltiples productoras discográficas siendo acaparado por Vertigo Record, quien le ofreció publicar un acetato con tiradas limitadas en Inglaterra, Alemania y Sudáfrica, donde posteriormente él mismo se afincaría durante una larga etapa vivencial.

El debut de Duncan Mackay se vio marcado fuertemente por el minimalismo progresivo, un intrínseco subsidio frente al virtuosismo sensitivo de extraordinaria madurez ducha, de inexorable cortejo influjo ante Keith Emerson y similares pianistas de bandas relacionadas con el entorno: Beggar's Opera, Rick Wakeman y Patrick Moraz junto a Yes, rememorando en ocasiones las justificadas atonalidades de Dave Stewart en Egg... plena escena de Canterbury.

Es por ello remarcar que nos encontramos ante un acetato cosificado entre minorías, de muy difícil interpretación para todos los perceptores no aptos en el avance alucinógeno complejo ¿pro Proggers?.


Para ser más exactos, es posible que su poca estima se achaque ya no sólo a la gestión promotora del sello que finalmente reclamó su proyecto, sino que Vertigo Record tenía la insana obsesión de propulsar novísimos autores como elixir del próximo relevo en un escaldado acmé de autores, que siendo sinceros, merecían su estadía, y ya acentuando incisos, era la fuente entre la eterna lucha de David y Goliath, una ingenuidad aparentemente destinada al fracaso desde el inicio, pero obradora de destellos inconcusos y sorprendentes, pues en ocasiones, era obvio que no todo estaba escrito, y si no fíjense en Mike Oldfield, Steve Hillage, Alan Parson, Jean-Michel Jarre, etc., son ahora el caldo de cultivo vigente entre generaciones pretéritas y hodiernas.


Su uso de Hammond, percusión (Mike Gray) y en por momentos el violín de su hermano Gordon Mackey como únicos instrumentos, expele a Chimera del 1974, ante estratos totalmente fuera de patrón, pues no eran muy corrientes los duetos progresivos... ¡que sí, que sí, que los había!... pero en muy raras ocasiones.

La maravilla nos acerca meramente a un aura jazz (recordándonos a Larry Young junto a Elvin Jones en "Unity",  durante un agosto del 66), intercalado con espacios de gran rango colorido y vivaces, más no dudar la compleja tejedura en la cadencia, patrones clásicos por momentos, de intensa labor progresiva dinámica en otros.


Dada la armonía, es totalmente justificada la etiqueta de los críticos como "Rock sinfónico", más bien porque su estructura parece brotar de una larga suit consensuada desde un inicio en el pentagrama, todo ello aunado además en una identidad psicodélica sin precedentes, reverberando los ecos ácidos y psicotrópicos occidentales desde un insigene hammond como base preferencial... la pátina y embrión de la obra maravilla.


Como nota particular, aconsejo escuchar el álbum tranquilamente porque en mi opinión indisoluble y subjetiva, son 40 minutos inherentes al detenimiento, una música obrada para contemplar los matices y el cariz innato que de todo ello emerge (es digno de encomio no reparar hasta en el mínimo detalle alejado costumbrismo desestimado: el crujir y el roce de las teclas en plena ejecución, la gama cromática que emerge de los falanges, sonidos pasajeros e irrelevantes que conforman en cierta manera lo inconsciente adicional, métrica del chaston, tambores y platillos... las bellas permutas incesantes, momentos caóticos y empíricos... ummmm)... "no voy a reproducir un disco... voy a percibirlo", dichosa sea la objetividad que deslinga a un melómano del mero criterio consumista.


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