Jan Dukes de Grey – Mice and Rats in the Loft: una criatura salvaje del rock británico
Hay discos que parecen hechos para triunfar y discos que parecen hechos para desaparecer. Y después están aquellos que, contra todo pronóstico, sobreviven precisamente porque nadie consiguió domesticarlos.
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| Magnánima portada |
Mice and Rats in the Loft, publicado por Jan Dukes de Grey en 1971, pertenece a esta última categoría: un artefacto extraño, febril y absolutamente inclasificable que se escondió durante décadas entre los rincones más oscuros del folk psicodélico y el rock progresivo británico.
Cuando apareció, el panorama musical británico estaba experimentando una auténtica explosión de creatividad. El folk se electrificaba, la psicodelia se volvía más experimental y el rock progresivo comenzaba a conquistar espacios cada vez mayores. En medio de aquel terremoto sonoro, Jan Dukes de Grey eligieron un camino mucho menos cómodo.
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| Tridente subversivo |
La banda procedía de Yorkshire y estaba liderada por Derek Noy y Michael Bairstow, dos músicos capaces de moverse con enorme libertad entre guitarras, instrumentos de viento, teclados y percusión. Para este segundo álbum se incorporó el batería Denis Conlan, convirtiendo al grupo en un trío y dando a su música una dimensión mucho más contundente y progresiva. El resultado fue grabado en los Tangerine Studios de Londres y publicado por Transatlantic Records en junio de 1971... Y aquí comienza lo verdaderamente fascinante.
Tres canciones para perderse
Mice and Rats in the Loft contiene solamente tres composiciones. Pero no estamos hablando de tres canciones convencionales. Entre las tres ocupan aproximadamente cuarenta minutos, como si el grupo hubiera decidido olvidarse por completo del formato pop y utilizar cada cara del vinilo como un pequeño territorio de exploración.
La primera es Sun Symphonica, una monumental pieza de casi 19 minutos que ocupa prácticamente toda la primera cara del LP. En ella aparecen guitarras acústicas, flauta, clarinete, saxofón, percusión, voces y cambios constantes de atmósfera. El tema puede comenzar con una delicadeza casi pastoral y, unos minutos después, transformarse en algo mucho más caótico y cercano al free rock.
Es precisamente esa sensación de no saber nunca hacia dónde va a dirigirse la música uno de los grandes encantos del disco. Pitchfork, al recuperar el álbum décadas después, destacó precisamente su capacidad para saltar entre folk, jazz, música de cámara y psicodelia, llegando incluso a establecer conexiones con el universo de Soft Machine y Gong... Y eso es solo el principio.
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| Contraportada |
Call of the Wild, con casi trece minutos, conserva una mayor raíz folk, pero poco a poco va adquiriendo una intensidad progresiva. La flauta de Bairstow desempeña aquí un papel fundamental, mientras las guitarras y la batería de Conlan empujan la composición hacia territorios cada vez más inquietos... Pero el verdadero descenso a las profundidades llega con la tercera pieza.
Mice and Rats in the Loft, la canción que da título al álbum, abandona buena parte de la luminosidad del folk para adentrarse en un territorio mucho más oscuro. Las voces de Derek Noy adquieren un carácter casi teatral y delirante, mientras la guitarra distorsionada introduce una crudeza que convierte el tema en uno de los momentos más extraños del disco.
Las letras tampoco ayudan precisamente a tranquilizar al oyente. La canción se sumerge en imágenes de rituales, violencia y muerte, creando una atmósfera casi macabra. Es uno de esos casos en los que el título del álbum parece describir perfectamente la experiencia: algo se ha metido en el desván y no parece tener ninguna intención de marcharse.
Un disco que llegó demasiado pronto… o demasiado tarde
Lo curioso es que Jan Dukes de Grey no eran unos completos desconocidos cuando llegaron a este álbum. Su primer LP, Sorcerers, había aparecido en 1970, publicado por Deram, pero sus ventas fueron modestas. Para Mice and Rats in the Loft cambiaron de compañía y ficharon por Transatlantic Records, un sello británico muy relacionado con el folk y la música progresiva, Sin embargo, el segundo álbum tampoco consiguió convertirse en un éxito comercial.
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| Portada abierta |
Y resulta fácil entender por qué... En 1971 había grupos capaces de vender enormes cantidades de discos haciendo rock progresivo, pero Jan Dukes de Grey no ofrecían canciones sencillas, grandes estribillos ni una producción diseñada para la radio. Lo suyo era otra cosa: largas estructuras, improvisación, cambios bruscos, instrumentos de viento, guitarras acústicas y eléctricas y unas letras que podían pasar de lo bucólico a lo perturbador en cuestión de segundos.
Era demasiado raro para el gran público y demasiado inclasificable para encajar cómodamente en una sola escena. AllMusic señala que el álbum apenas tuvo mayor éxito que el debut y que el grupo acabaría desapareciendo de la escena durante los primeros años setenta.
El fracaso que terminó convirtiéndose en leyenda
Aquí aparece una de las grandes ironías de la historia del rock. En 1971, Mice and Rats in the Loft pasó prácticamente desapercibido. Décadas después, comenzó a ser buscado por coleccionistas y aficionados al acid folk, al rock progresivo más oscuro y a las rarezas psicodélicas británicas.
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| Galleta frontal |
Lo que en su momento podía parecer simplemente un disco extraño terminó convirtiéndose en una auténtica pieza de culto. La recuperación crítica fue especialmente importante a comienzos del siglo XXI. El álbum comenzó a reeditarse en CD y posteriormente volvió a circular en vinilo. Una de las reediciones de 2005 contó incluso con notas de David Tibet, figura fundamental del underground británico y líder de Current 93.
De repente, aquel extraño LP de 1971 que casi nadie había escuchado volvía a despertar interés... Y no es difícil comprender por qué.
¿Acid folk, progresivo o psicodelia?
La respuesta más honesta probablemente sea: un poco de todo... Mice and Rats in the Loft pertenece a ese fascinante momento en el que las etiquetas todavía no habían conseguido encerrar a la música. Hay folk británico, psicodelia, rock progresivo, improvisación, jazz y momentos que parecen acercarse incluso a la música de cámara.
En determinados pasajes pueden venir a la cabeza Jethro Tull, Soft Machine, Gong o incluso algunas de las propuestas más extravagantes del rock progresivo de aquellos años. Pero Jan Dukes de Grey nunca terminan de parecerse completamente a ninguno de ellos.
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| Galleta Trasera |
Ahí está precisamente su encanto, no suenan como una banda intentando imitar una tendencia. Suenan como tres músicos siguiendo sus propias obsesiones hasta las últimas consecuencias, y esa sensación de libertad es posiblemente lo que ha permitido que el disco envejezca tan bien.
Una joya para quienes disfrutan excavando
Quizá lo más atractivo de Mice and Rats in the Loft no sea que sea una obra perfecta. De hecho, no pretende serlo. Es irregular, excesivo, desconcertante y en determinados momentos deliberadamente incómodo. Pero precisamente por eso resulta tan fascinante. Es el tipo de disco que parece haber sido enterrado en 1971 y descubierto muchos años después por alguien que abrió una vieja caja de vinilos y pensó: «¿Qué demonios es esto?».
Y cuando comienza a sonar Sun Symphonica y aquella música empieza a cambiar de forma, a crecer, a deformarse y a mezclarse consigo misma, uno comprende por qué Jan Dukes de Grey acabaron convirtiéndose en una de esas pequeñas leyendas subterráneas del rock británico.
Mice and Rats in the Loft no conquistó las listas, no convirtió a Jan Dukes de Grey en estrellas, no tuvo la repercusión de los grandes clásicos progresivos de su generación, pero dejó algo quizá más interesante: un disco extraño, irrepetible y difícil de domesticar.
Un auténtico fósil vivo de aquel momento irrepetible en el que el rock británico todavía parecía capaz de abrir cualquier puerta, por absurda, oscura o psicodélica que fuese. Y quizá por eso, más de medio siglo después, aquellas ratas siguen corriendo por el desván sucio y polvoriento, cual trastero de las ambrosías olvidadas.
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