Tal día como hoy, 22 de agosto de 1969, Santana publicaba su primer álbum, un disco que llegó a las tiendas en un momento absolutamente perfecto. Apenas seis días antes, una banda prácticamente desconocida había incendiado el escenario de Woodstock con una actuación que dejó al público boquiabierto. Y entre aquellas canciones estaba Soul Sacrifice, una descarga instrumental que se convertiría en uno de los momentos más recordados del festival.
La historia tiene algo de película. Santana era originalmente una banda mucho más improvisadora, casi una jam band. Su representante, el legendario Bill Graham, les convenció de que necesitaban canciones más convencionales si querían llegar a un público mayor. El grupo aceptó el consejo, pero tuvo cuidado de no perder aquello que los hacía especiales: la improvisación, las percusiones y esa mezcla explosiva de rock psicodélico, blues, jazz y ritmos latinos.
Y entonces llegó Woodstock.
El festival se celebró el 15, 16, 17 y 18 de agosto de 1969, pero Santana actuó el día 16. Lo increíble es que el álbum apareció apenas seis días después de aquella actuación. De repente, el público que había visto a aquel guitarrista prácticamente desconocido llamado Carlos Santana dominando el escenario podía encontrar su música en las tiendas. El momento fue inmejorable.
El disco estaba construido alrededor de una formación extraordinaria: Carlos Santana a la guitarra, Gregg Rolie al órgano y la voz, David Brown al bajo, Michael Shrieve a la batería y la espectacular pareja de percusionistas formada por Michael Carabello y José “Chepito” Areas. El resultado era algo que en 1969 todavía sonaba completamente diferente.
Una de las grandes sorpresas fue Evil Ways. La canción no era originalmente de Santana: había sido escrita por Clarence “Sonny” Henry y había llegado al grupo a través de otro músico. Santana la convirtió en una de las piezas fundamentales de su repertorio y, cuando Columbia la publicó como segundo single, terminó alcanzando el número 9 en Estados Unidos.
Pero si hay una canción que resume el espíritu del álbum es Soul Sacrifice. Más de seis minutos de percusión, órgano, bajo, guitarra y batería que parecen empujarse mutuamente hasta el límite. Y detrás de aquella batería estaba Michael Shrieve, que tenía solamente 20 años cuando Santana actuó en Woodstock. Su solo se convirtió en uno de los momentos más recordados de la película del festival.
También resulta fascinante Jingo, basada en una composición del percusionista nigeriano Babatunde Olatunji. Santana tomó aquella pieza y la convirtió en una tormenta de percusión y guitarra eléctrica. Era precisamente esa combinación —ritmos africanos y latinos con la electricidad del rock psicodélico— la que iba a definir buena parte de la identidad de la banda.
Y hay otra curiosidad importante: cuando el disco se grabó, en mayo de 1969, Santana todavía no era una estrella. El álbum fue registrado en los Pacific Recording Studios de San Mateo y producido por la propia banda junto a Brent Dangerfield. Nadie podía saber que aquellas sesiones terminarían convirtiéndose en el debut de una de las bandas más longevas de la historia del rock.
La portada, obra del artista Lee Conklin, tampoco podía pasar desapercibida. Una enorme cabeza de león formada por rostros y figuras humanas, animales y formas psicodélicas atrapaba perfectamente el espíritu de finales de los sesenta. Era tan psicodélica como la música que contenía el vinilo.
Y el éxito fue enorme. Santana llegó al número 4 de Billboard, permaneció nada menos que 108 semanas en la lista estadounidense y acabaría consiguiendo en Estados Unidos la certificación de doble platino, con dos millones de unidades certificadas.
Lo más extraordinario, sin embargo, es pensar en la velocidad con la que ocurrió todo: una banda todavía prácticamente desconocida, una actuación histórica en Woodstock y, solo seis días después, su primer álbum en las tiendas.
El 22 de agosto de 1969, Santana no publicó simplemente un debut. Publicó el sonido de una nueva generación: guitarras psicodélicas, órganos Hammond, percusiones latinas y una energía que parecía no tener fronteras.
Y mientras el verano del amor comenzaba a convertirse en historia, Carlos Santana acababa de encontrar su lugar en ella.
