Antonín Dvořák - Sinfonía del Nuevo Mundo (1893)

Corría el año 1891, y el conservatorio nacional de música de New York no funcionaba eficientemente con la labor para la que fue edificado: crear un centro de composición que englobase todo un marco general americano a modo de marchamo y fundación que atribuyese el concepto autárquico de una inusitada nación musical.



¡Uf!, ¡qué difícil me pongo!... en otras palabras: con el único objetivo de que américa tuviera una identidad musical con la que sentirse reconocida.

Tras el nulo éxito después de un lustro de intentos, Mrs Jeanette Thurber, llegó a la ardua decisión de convocar el puesto de dirección general a algún músico europeo con vasta formación en la temática.

No bastaba sólo con la sabiduría, se requería ostentar ciertos logros solemnes a lo largo de toda su carrera, haber interpretado en los mejores teatros del viejo continente, con composiciones dignas de recelo ante cualquier otro coterráneo, estar dispuesto a abandonar su patria de origen para establecerse en New York con todo lujo de comodidades, etc.

En primer lugar, se tentó con ofrecerle el puesto de empleo a Sibelius, pero los funcionarios del colegio y por razones que aún se desconocen, no pudieron trasladarse hasta Finlandia, sitio donde residía.

Finalmente, la propuesta recayó en manos de Dvorák, quien desde el primer momento se mostró reacio a aceptar la oferta, pero tras constantes rogos y promesas, Jeanette logró convencerle brindándole un sueldo desorbitado.

La vicisitud finalmente se hizo fehaciente un año más tarde, el 15 de septiembre de 1892 Dvorák partió desde Praga hacia la gran manzana en compañía de su mujer Anna Čermáková y dos de sus seis hijos, los más pequeños de la casa, pues el resto ya tenía la edad de independencia, e incluso tres convivían en nupcias con su pareja.

Su viaje estaba lleno de expectativas, imagínense el otear matinal y desde lo lejos la llegada paulatina del barco de vapor, los gases expulsándose por esas enormes chimeneas sujetadas por las plataformas de triple nivel repletas de nuevos colonos, sombreros, camafeos, maletas, señoras en ademán de saludo agitando levemente los pañuelos del estornudo y entre la multitud, el gran elegido.

Allí con su aspecto singular, su gran estatura para la época y en mitad de la caterva, tras el desembarco la familia se subió al tren que los llevaría al emplazamiento de propósito.

Nada más bajarse, un ambiente de jolgorio amenizaba la estación, en efecto, New York se encontraba en plena celebración de fiestas patronales, "Los festejos del cuarto centenario Colombino", en los que precisamente Dvorák haría su acto de presentación como estrella invitada.


Tras descansar durante unos días en el hotel, el 21 de octubre el mozo de botones, avisó a Anna de que un coche de caballos les estaba esperando abajo para llevarlos al centro neurálgico del concierto inaugural.

El recital fue un éxito, la multitud rugía, murmullos vociferantes aclamaban al nuevo docto consejero, y para acrecentar el rasgo, Thomas Wentworth Higginson, el adinerado fundador de la Orquesta sinfónica de Boston, pronunció unas palabras a modo de pregón, en el que dirigiéndose a Dvorák, vaticinó el establecimiento de una nueva nación, un nuevo mundo musical como perpetuo hito tras la llegada de Colón.

El 21 de noviembre, Dvorák escribió una carta para sus compañeros de Praga en la que decía:

"Amigos, los americanos esperan de mí grandes cosas, y la principal, según dicen, que les muestre la tierra prometida, el reino de un arte nuevo e independiente, en fin, que les lleve a crear una Música Nacional. Si la pequeña nación checa puede tener tales músicos, dicen, ¿por qué no habrían de tenerlos ellos también, con un país inmenso y tan poblado?"


Poco a poco Dvorák fue adaptándose a la vida diaria y sus costumbres, y como un acérrimo amante de lo étnico y popular se involucró totalmente en el estudio de las danzas folclóricas, sus cantos espirituales, las armonías instrumentales, conciertos, líricas, narraciones, sinfonías y operas a las que encontraba extremadamente bisoñas y tuvo que rectificar casi en su totalidad un centenar de ellas, pues estaba compuestas para ir a certámenes musicales.



En su carta reflexionó sobre el entorno, espetando:

"Los compositores están formados en la escuela alemana, pero aquí y allá surge un nuevo espíritu, otros pensamientos, distinto colorido, en fin, hay algo de indio, algo a la Bret Harte. Siento curiosidad por ver en qué para esto".

Al cabo de un tiempo, Mrs. Thurber le animó a crear una ópera basada en la poesía de Longfellow, "El canto de Hiawatha", pero Antoñín finalmente rehusó la idea.

A cambio y sin perder el interés por el escrito, formuló una pequeña tonada en DO, datada concretamente el 12 de diciembre, misma que serviría como movimiento lento para la posterior obra que tratamos "Sinfonía del Nuevo Mundo".

La cadencia sosegada del prefacio, venera las escenas de entierros en el bosque, por parte de las tribus nativas, como la de los Dakota. Los parajes de fauna americanos: sierras, animales, bosques, llanuras, montañas, ríos, toda una singular mezcolanza dendroidea. Para dar paso a la flauta en sol menor, de clara tendencia por lo innato, su oriunda Checoslovaquia.

La subsiguiente, la flauta en sol mayor desajusta en canon, mimetizándose en los tedéum vernáculos, de las contemplativas raciales, su dolor y aflicción de las injusticias causadas por la sumisión ante el hombre pálido.

Para enero del nuevo año, 1893, ya tenía esbozados tres movimientos más, como el allegro que sirve de ulterior a su precedente (la tonada en DO) de gran carga vivaz, rememorando el fulgor de la urbe, su dinámica social diaria, su concepto de admisión y marabunta ciudadana, el orbe de una ciudad contingente.

Acrecentando la composición definitiva el 24 de mayo. Pero se olvidó de incluir las partes del trombón, pues sus cuatro hijos ausentes llegaron a New York con sus parejas, provocando en él tal alegría que se distanció de su proyecto, posponiéndolo durante un largo periodo.

En este lapso de descanso, realizó una entrevista para el "New York Herald", en la que afirmó:

"Estoy ahora convencido de que la música de este país se ha de basar en lo que se llaman melodías de negros... cuando llegué el año pasado surgió ante mí esta idea, que se ha convertido en una arraigada convicción. Estos temas tan hermosos y variados son producto de la tierra. Son americanos.

En las melodías de negros de América descubrió todo cuanto se necesita para una grande y noble escuela de música... nada existe en toda la gama de la composición que no pueda hacerse derivar de esa fuente."



Unos meses más tarde retomó y perfiló el compás decisivo, siendo interpretado en una primera audición de contacto por la Sociedad Filarmónica de New York.



De trasfondo etnográfico influjo directo a lo anteriormente citado, pero sin duda, el cariz bohemio es innegable, y por supuesto, suple la marca personal de la obra, que en conjunción entrambas crean una simbiosis de movimientos mágicos, llenos de misticismo, esperanza, anhelo de retratar lo vívido, y sobre todo sobrecogimiento de asombro ante una sociedad cosmopolita, relativamente distinta a la que él estaba acostumbrado.



Inmediatamente después de la función, Dvorák entre bambalinas confesó:

"En mi nueva sinfonía, he tratado de reproducir el espíritu de las melodías negras e indias americanas.  No he empleado ninguna de estas melodías. Simplemente, escribí temas característicos incorporando a ellos las cualidades de la música india y, usando estos temas como material, los he desarrollado con ayuda de los elementos del ritmo moderno, del contrapunto y del colorido orquestal.

En 1895 Retornó a Praga erigiéndose con el puesto de gerencia en el conservatorio musical de la ciudad. A partir de aquí, su vida es un mero atavío incesante.

                       

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